viernes, 19 de junio de 2015

¿Cuándo debe un niño ir al psicólogo?

Los niños requieren asistencia psicológica o psiquiátrica cuando su conducta, convivencia y capacidad de aprendizaje no son como las de otros chicos.

Es común para muchos pensar en la infancia como "la etapa más feliz de la vida"; en efecto, se crean los primeros vínculos afectivos y se conocen las maravillas del mundo con asombro y fascinación, pero este proceso puede enfrentar dificultades que alteran la conducta de un niño, generando una relación conflictiva con su entorno, aislamiento y situaciones angustiantes que merman su capacidad creativa y de convivencia.

Problemas como tartamudez, falta de interés al hacer la tarea, fantasía excesiva y actitud agresiva en la escuela, entre otros, representan un reto difícil de llevar por los pequeñines, quienes debido a su inexperiencia en la vida encuentran dificultad para enfrentar hechos cotidianos y expresar sensaciones.

Aunque muchos padres no lo saben, cambios emocionales y de conducta en sus hijos pueden evidenciar la gestación de disfunciones mentales serias que requieren la ayuda de psicólogos, expertos en desórdenes conductuales y teorías de la personalidad.


Importancia del diagnóstico
Las dificultades en el desarrollo mental del niño tienen normalmente más de una causa, como la dinámica familiar, las relaciones y demandas en el ámbito escolar o en otras áreas sociales, e incluso algún aspecto biológico que puede generar una condición inadecuada de desarrollo; todo esto llega a conjugarse de tal manera que provoca una serie de alteraciones en el perfil psicológico del menor.

Por ello, la "regla de oro" para atender estos problemas es la evaluación por parte de un psicólogo  y, en ocasiones, por un equipo multidisciplinario de expertos en salud mental.

Si los trastornos que se presentan son meramente de comportamiento, el psicólogo será el encargado de llevar la terapia; en cambio, cuando se identifica que el origen es una anormalidad del sistema nervioso, ocasionada por factores hereditarios, accidentes o cáncer, el tratamiento será dado por un psiquiatra. La atención también puede realizarla un equipo conformado por especialistas de ambas ramas, quienes pueden apoyarse en neurólogos o pediatras, pero todo ello dependerá del resultado de la evaluación.

La examinación requiere varias horas repartidas en más de una visita tanto del niño como de sus padres y otros familiares; incluso, bajo aprobación de los consultantes, se puede obtener información pertinente de otras personas que tienen que ver con el infante, tales como el médico familiar y personal de la escuela.

Durante estos exámenes se analizan diversos puntos, como narración de los problemas y síntomas, obtención del historial médico de los padres y de la familia, conocimiento de los detalles que ha tenido el desarrollo del niño, descripción de las relaciones familiares y, de ser necesarias, pruebas de laboratorio como análisis de sangre, radiografías o algún test especial, como evaluaciones psicológicas, educativas o del habla.

La examinación debe ser lo más completa posible y que se estudien todos los factores que podrían afectar al infante. Por citar un ejemplo, cuando hay malas calificaciones se deben tomar en cuenta la edad a la que el pequeño inició su vida académica (si fue a los cinco años en el jardín de niños o a los dos en maternal) y el sistema de enseñanza en el que se encuentra; esto porque hay distinto contenido curricular en una escuela oficial que en una particular, y en ocasiones la excesiva demanda de actividades saturan al alumno, generan malos resultados que afectan su autoestima y ocasionan rechazo hacia la educación.

Hay casos en que con sólo cambiar de ritmo de actividades se empieza a tener buen desempeño, pero en otros se siguen presentando problemas para aprender a un ritmo adecuado, a la vez que se observa carácter introvertido, apático, poco participativo o completamente extremo: agresivo, demasiado inquieto y con períodos de atención muy reducidos. En situaciones así, la evaluación permitirá conocer los motivos de la conducta, que pueden encontrarse en el ámbito familiar, y determinar los pasos a seguir para obtener una solución.


Algunos ejemplos
A fin de clarificar de qué manera pueden ayudar psicólogos y psiquiatras a superar problemas en el desarrollo del menor, veamos algunos de los casos más frecuentes a los que se enfrentan:

Tartamudez. La evaluación de los pequeños que se comunican con pronunciación entrecortada y repitiendo sílabas toma en cuenta la edad en que se presentan esta deficiencia del habla, y prosigue con la revisión médica del aparato fonoarticulador (boca y lengua), así como la forma en que el pequeño expulsa el aire y utiliza la lengua. Si vemos que está bien, descartamos la parte biológica y descubrimos que el tartamudeo puede presentarse por una condición emocional y que, por ello, sólo ocurre ante ciertos eventos que crean alto nivel de ansiedad en el chico.

Aquí, el psicólogo o psiquiatra atiende el aspecto emocional y enseña a su paciente a enfrentar situaciones estresantes, a la vez que se siguen ejercicios para mejorar su pronunciación y una terapia de lenguaje en la que participan constantemente los padres, pues se ha observado que su intervención es crucial para llevar el tratamiento de manera adecuada.

Enuresis. Aunque la mayoría de los niños dejan de orinarse en la cama aproximadamente a los tres años, hay quienes siguen presentando esta situación en edades más avanzadas. Lo cierto es que no estamos ante una enfermedad, sino que es un síntoma bastante común.

La enuresis puede tener sinnúmero de causas emocionales, por ejemplo, cuando un niño comienza otra vez a orinarse en la cama después de meses o años de no hacerlo, se sospecha que enfrenta nuevos temores o inseguridades, por lo que suele asociarse a algún evento que le generó miedo e incertidumbre: el traslado de la familia a otra población, la pérdida de un ser querido o el nuevo hermanito que reclama atenciones por parte de los padres.

Aunque esta dificultad llega a ser atendida exitosamente incluso por el pediatra, algunas veces la enuresis no se resuelve de manera sencilla; en estas ocasiones suelen presentarse otros problemas emocionales, tales como tristeza o irritabilidad constantes, cambios en el apetito o en los hábitos de dormir. En estos casos se recomienda consultar a psiquiatra o psicólogo de niños para realizar una evaluación.

Divorcio. Los padres pueden sentirse desconsolados o contentos por su separación, pero invariablemente los niños experimentan temores y confusión por la amenaza a su seguridad personal, además de que no entienden qué sucede en su familia, cómo se verán afectados y cuál será su suerte; incluso llegan a creer que son la causa del conflicto entre sus padres o tratan de hacerse responsables de reconciliarlos.

En general, la pérdida de uno o ambos padres debido a divorcio puede hacer que los infantes se vuelvan vulnerables a enfermedades físicas y mentales, de modo que los adultos deben percatarse de las señales de estrés persistentes en los pequeños, como falta de interés en la escuela, por los amigos o aún a entretenerse; otros indicios son dormir muy poco o demasiado, y ser rebeldes.

En todos estos casos el psiquiatra o psicólogo podrá evaluar y dar tratamiento al niño para aliviar las causas del estrés, además de que podrá aconsejar a los padres para que, de ser definitiva su decisión, hagan entender a los pequeños que mamá y papá seguirán al pendiente de su desarrollo, aún si el matrimonio termina y no viven juntos. La asesoría especializada también puede poner fin a disputas prolongadas acerca de la custodia de los hijos o por presionar a los infantes para que "tomen partido" por uno de sus progenitores.

Fobia social. Aquí se hace énfasis en la historia del niño, ya que, el problema para socializar con sus compañeros es una alteración considerable de miedos y temores, o porque el chico toma demasiado a pecho lo que le dicen: recibe una broma y reacciona mediante conductas extremas que pueden manifestarse con agresividad o demasiada introversión, apatía pronunciada y alejamiento de sus semejantes.

Así, el trabajo se dirigirá a conocer la relación del pequeño con sus padres y los momentos en que se presentan las manifestaciones antes mencionadas de manera más pronunciada, a fin de determinar en qué aspecto se debe atender el perfil emocional del niño. En todo momento, psicólogo o psiquiatra deben considerar que hay aspectos biológicos que pueden generar esta condición, como problema de inmadurez neurológica (anomalías en el desarrollo del sistema nervioso), por lo que de ser necesario el caso será llevado sólo por el neurólogo (especialista en el funcionamiento del sistema nervioso) o paidopsiquiatra, quien seguramente recurrirá al uso de fármacos.

Depresión. Niños y adolescentes también sufren esta enfermedad que interfiere con sus habilidades y desarrollo integral, sólo que sus manifestaciones son ligeramente distintas a las de los adultos, por lo que los tutores deben permanecer atentos y buscar ayuda si uno o más de los siguientes síntomas persisten:

Tristeza y llanto constantes.
Desesperanza.
Pérdida de interés en sus actividades favoritas.
Aburrimiento persistente y falta de energía.
Aislamiento social, pobre comunicación.
Baja autoestima y culpabilidad.
Sensibilidad extrema hacia el rechazo y fracaso.
Coraje u hostilidad.
Quejas frecuentes de enfermedades físicas, como dolor de cabeza o estómago.
Ausencias frecuentes de la escuela y bajo rendimiento en los estudios.
Mala concentración.
Cambios notables en los patrones al comer y dormir.
Intentar o hacer mención de que se desea escapar de casa.
Expresiones suicidas o comportamiento autodestructivo.

Los niños y adolescentes que se portan mal en casa y escuela pueden estar sufriendo depresión sin que nadie se dé cuenta de ello, por lo que los padres deben acercarse más a ellos para percibir los cambios en su conducta y asistir al psiquiatra o psicólogo para tratar de lograr un diagnóstico temprano del mal.

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Este término es relativamente nuevo y se utiliza para englobar varias alteraciones de conducta que presentan los niños; entre ellas se incluyen excesiva actividad motora (el pequeño corre, brinca y se desplaza sin cansarse) o problemas para mantener la concentración por tiempo prolongado, o ambos; en este último caso los infantes son fácilmente rechazados debido a que por momentos se comportan con tranquilidad y, sin explicación aparente, se vuelven agresivos, tienen explosiones de conducta y adoptan actitudes desmedidas respecto a ciertas circunstancias; por ejemplo, se enojan mucho y reaccionan de manera violenta cuando alguien bromea con ellos e insisten en actuar agresivamente aun cuando les llaman la atención.

Si se establece que el pequeño tiene TDAH, psicólogo o psiquiatra ayudarán a desarrollar habilidades, como prolongar los periodos de atención u ordenar sus actividades llevando una agenda, además de que pueden asesorar a los padres, familiares e incluso a otros chicos para que comprendan el problema y sepan cómo actuar.

Violencia familiar. El efecto del maltrato a menores perdura mucho después de que las señales de golpes y heridas físicas han desaparecido o de que las ofensas se han esfumado, por lo que se suele reconocer que el tratamiento temprano es importante para minimizar los efectos a largo plazo causados por el abuso o maltrato físico y psicológico.

Es posible distinguir a los niños que sufren violencia intrafamiliar cuando son incapaces de confiar o querer a otros, tienen conducta agresiva, problemas de disciplina (en ocasiones incurren en actos ilícitos como robo), presentan comportamiento autodestructivo, son retraídos, temen crear nuevos lazos afectivos, presentan bajas calificaciones y se acercan peligrosamente a las drogas o alcohol.

Psicólogos y psiquiatras de niños y adolescentes proveen evaluación comprensiva y cuidado para los menores que han sufrido violencia en casa; también pueden ayudar a la familia a aprender nuevas formas de darse apoyo y de comunicarse. Cabe destacar que, de acuerdo a lo observado, el infante maltratado comienza a recuperar su sentido de confianza en sí mismo y en otros sólo mediante tratamiento.

Abuso sexual. Este tipo de violencia puede ocurrir a manos del padre, padrastro, hermano u otro pariente, o fuera de la casa, por ejemplo, un amigo, la persona que lo cuida, un vecino, maestro o desconocido; empero, en todo caso el pequeño desarrolla una variedad de pensamientos e ideas angustiantes.

No hay niño preparado psicológicamente para hacerle frente al estímulo sexual, y cuando los abusos en este aspecto ocurren en casa, el menor puede tenerle miedo a la ira, celos o vergüenza de otros miembros de la familia, o quizás puede temer que se presente una desintegración si denuncia el abuso, de modo que experimenta mucha tensión y angustia por lo que le ocurrió.

Los pequeños que han sufrido abuso sexual pueden mostrar en su comportamiento:

Interés excesivo o evitar todo lo de naturaleza sexual.
Dificultad para establecer relaciones con otras personas.
Pesadillas u otros trastornos del sueño.
Depresión o aislamiento de sus amigos y familia.
Obsesión por manifestar que tienen el cuerpo sucio o dañado, o miedo de que haya algún daño en sus genitales.
Negarse a ir a la escuela.
Tener prácticas delictivas.
Muestras de abusos o molestias sexuales en sus dibujos, juegos o fantasías.
Agresividad.
Pensamientos suicidas.

Si un niño dice que ha sido molestado sexualmente, los padres deben hacerle sentir que lo que pasó no fue culpa suya y buscar ayuda médica para que se realice un examen físico a su hijo; también deberán asistir al psiquiatra o psicólogo a fin de que ayude a los menores a recuperar su autoestima y sobrelleven sus sentimientos de culpabilidad.

Discapacidad. La labor a seguir es muy variada, dependiendo del tipo de problema que se presente y si éste es de nacimiento o adquirido. No es lo mismo trabajar con un niño con síndrome de Down, al que se detecta desde que nace, a un pequeño que físicamente no demostró ninguna alteración, ha llevado un desarrollo normal pero al llegar a la escuela tiene problemas de aprendizaje; es hasta ese momento o al observar que requiere dos años para cubrir cada grado escolar cuando se percibe que hay daño biológico difícil de detectar.

En todo caso, los psicólogos y psiquiatras ayudan a llevar una educación especial que garantiza mejor calidad de vida, y al existir un compromiso de parte de familiares y expertos, el resultado es mejor para lograr el bienestar integral del niño.

Adopción. No hay consenso entre especialistas en salud mental sobre a qué edad debe saber un niño que fue adoptado, pues esto dependerá de las circunstancias en que se presente la situación, pero se afirma que los pequeños deberán enterarse por boca de sus padres, ya que de saberlo a través de terceras personas pueden sentir ira y desconfianza hacia sus tutores y pueden ver la adopción como mala o vergonzosa.

El niño adoptado puede desarrollar problemas emocionales y de comportamiento como resultado de las inseguridades relacionadas con su condición, por lo que si los padres notan anomalías en el carácter del menor o simplemente tienen la inquietud, deben buscar ayuda del psicólogo o psiquiatra.

Niños sobresalientes. Éste es uno de los grupos más descuidados, debido a que su condición es difícil de evaluar con exactitud (incluso puede ser parcial, temporal o permanente) y debido a que los sistemas educativos están desarrollados sólo para la población general y no para quienes superan el parámetro medio; estos chicos difícilmente pueden adelantar años escolares y, por tanto, requieren de terapia específica.

El trabajo del psicólogo consiste no sólo en ofrecer actividades colaterales que ayuden al aprendizaje, sino en dar apoyo emocional, pues estos niños presentan un problema conocido como discronía emocional, en el que las demandas sentimentales y de juego superan a las de la edad cronológica. Hay pequeños de 8 años que quieren jugar y relacionarse como cualquiera, pero los compañeros de su edad no tienen las mismas inquietudes; entonces descubren que les gustaría convivir con niños de 12 años, pero éstos los rechazan. Tal situación crea un choque emocional y por eso tenemos que apoyarlos psicológicamente, para que su relación con los demás no sea desfavorable.

Anorexia y bulimia. Malos hábitos de nutrición, modas y, ante todo, la imitación de un hermano mayor o tutor generan problemas alimenticios comunes entre los adolescentes e incluso entre los 8 y 14 años de edad, por lo que podemos hablar de bulimia y anorexia nervosa en niños, principalmente del sexo femenino.

Se ha observado que el carácter de quien padece anorexia nerviosa es perfeccionista y busca obtener muy buenas calificaciones en la escuela pero, al mismo tiempo, se subestima, cree irracionalmente que está obesa aun cuando pierde mucho peso y se pone muy delgada, ya que en su intento por lucir "esbelta" en realidad se mata debido a su régimen de hambre.

Cuando hay bulimia, la niña o niño ingiere grandes cantidades de alimento con alto contenido calórico, y luego busca eliminar sus copiosas comidas a través del uso de laxantes o provocándose el vómito. Esto puede alternarse con dietas extremas que resultan en fluctuaciones de peso dramáticas.

Psiquiatras y psicólogos de niños y adolescentes son los indicados para evaluar, diagnosticar y dar tratamiento a estos desórdenes caracterizados por la obsesión hacia la comida y la distorsión de la imagen física. Las investigaciones demuestran que la identificación y el tratamiento a tiempo tienen resultados favorables, por lo que los padres, al notar los síntomas, deben acudir al psicólogo o psiquiatra, quien trabajará en equipo con un nutriólogo.

Drogas y alcohol. Por desgracia, creciente número de niños y adolescentes tiene algún tipo de acercamiento con estimulantes; algunos los ignoran, otros experimentan un poco y luego los dejan, pero otros seguirán usándolos regularmente con varios niveles de problemas físicos, emocionales y sociales, incluso desarrollan dependencia y actuarán durante años de manera destructiva hacia sí mismos y otros.

Quienes comienzan a fumar tabaco o a beber desde temprana edad corren grave riesgo, ya que se ha observado que son más propensos a consumir marihuana y otras drogas ilícitas. Las señales principales del abuso de drogas por niños y adolescentes pueden incluir:

Fatiga constante, quejas acerca de su salud, ojos enrojecidos y sin brillo y tos persistente.
Cambios en la personalidad, variaciones bruscas de humor, comportamiento irresponsable, baja autoestima, depresión y desinterés general.
Desobedecen las reglas familiares o dejan de comunicarse con seres queridos.
Calificaciones bajas, ausencias frecuentes en la escuela y problemas de disciplina.
Se hacen de amigos nuevos, a quienes no les interesan las actividades normales de casa y escuela, presentan problemas con la ley y estilos poco convencionales en su forma de vestir.

Una manera eficaz en que los padres pueden demostrar su preocupación y afecto por sus hijos es discutir francamente con ellos sobre el uso de bebidas alcohólicas y drogas y, en caso de observar síntomas arriba referidos, deben consultar a un psiquiatra para someterlos inmediatamente a tratamiento.

La solución está en todos
Para que el resultado sea el esperado, uno de los puntos más importantes de la terapia consiste en vincularse estrechamente con los progenitores del niño, pues el esquema de trabajo semeja un triángulo en cuya base se encuentran los especialistas y familiares, y sólo si esta labor se realiza en conjunto se logra beneficiar al pequeño, quien se encuentra en el ángulo superior.

Empero, mención aparte merece el hecho de que en gran número de ocasiones el desarrollo del menor se ve afectado precisamente por el ambiente en casa. Muchos padres ubican al niño como el origen de las dificultades, lo utilizan como chivo expiatorio y pretexto para decir que toda la dinámica familiar, la relación de pareja o con otros hijos está afectada por culpa de él, un 'niño problema'.

De lo anterior se deduce que la labor del psicólogo o psiquiatra debe ser muy hábil para hacer entender a los padres que ellos también requieren terapia. En el caso de la violencia intrafamiliar, se determina con claridad que los progenitores son causa del problema, pero les resulta increíble que uno les diga que ellos son partícipes y a veces la principal causa de que el niño tenga bajo rendimiento o indisciplina en la escuela. El trabajo es complejo, sistemático y con mucho compromiso para que no se vea interrumpido y cubra sus distintas etapas: reconocer que hay dificultades, buscar soluciones y llevarlas a la práctica.

Asimismo, la atención psicológica o psiquiátrica en la infancia requiere la colaboración de padres y profesores; a través de la experiencia se ha observado que cada uno en su respectiva esfera puede apreciar el origen de alteraciones en la conducta.

En lo que se refiere a los maestros, deben permanecer atentos, no sólo ante niños muy inquietos en el salón, sino también deben observar al que casi no participa, al poco activo, demasiado introvertido o muy fantasioso, situaciones que pueden mostrar que el pequeño sufre maltrato en casa, pero eso sólo lo puede conocer el maestro al interactuar con sus alumnos.

Asimismo, la labor del profesor es importante tanto por el tiempo que pasa con los infantes como porque actúa en situaciones controladas y dirigidas, como el aprendizaje académico. Alomejor el niño pasa más tiempo con los papás, pero ellos cubren actividades de la vida diaria, exigencias y demandas de una familia; pero cuando ingresan al colegio las labores tienen un propósito, un porqué y un para qué, por lo que se empieza a conocer al niño de manera más integral y en situaciones inéditas que ponen en evidencia alguna dificultad.

Por otro lado, los padres deben ser observadores hacia sus hijos para apreciar alteraciones o conductas repetitivas que manifiesten dificultades en su desarrollo. En efecto, un niño puede insistir en que no quiere ir a la escuela, presenta bajas calificaciones o se resiste a hacer su tarea bajo todo tipo de excusas, siendo que antes la realizaba de manera exitosa; también puede mostrar pérdida de apetito o se alimenta en exceso, además de que tiene pesadillas frecuentes, casi no duerme o muestra mucha ansiedad; con esto el pequeño no manifiesta flojera o incapacidad, sino puede estar "diciendo" que no está a gusto en la escuela e incluso que hay maltrato por parte de un profesor.

Finalmente, hay que dar importancia a la detección y al tratamiento de problemas de salud mental en la infancia. Es muy necesario porque previene dificultades en el futuro no sólo en lo individual sino en lo familiar, debido a que lo que le ocurre al niño es un reflejo de su condición de vida y, ante todo, considerar que en la salud mental siempre es mejor prevenir que lamentar.








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