viernes, 31 de mayo de 2013

Lo normal y lo patológico en Psicología


Los seres humanos tenemos siempre la necesidad de poner nombres a todo con la esperanza de entender mejor aquello que observamos. En psicología pasa igual, los profesionales nos comunicamos, nos coordinamos, investigamos y sacamos conclusiones sobre aspectos relativos a la mente y a la conducta humana. Para facilitar todas estas tareas necesitamos categorizar nuestro objeto de estudio, es por ello que diagnosticamos, o lo que es lo mismo, etiquetamos a las personas, marcando un límite, aparentemente claro, entre lo que es normal y lo que es patológico.

Pero, ¿cómo se siente alguien cuando se le llama depresivo, psicótico, narcisista, histriónico, neurótico, límite, etc? Lo que a los profesionales nos puede ayudar, a las personas que tratamos parece que no tanto. He encontrado varias personas que habían interiorizado su propia etiqueta, y habían establecido su identidad alrededor. "Soy depresivo, me lo dijo un psiquiatra cuando era adolescente". Frases como ésta conducen generalmente a cumplir la profecía, es decir, a terminar comportándose como alguien deprimido. Nos identificamos con aquellos esquemas que se van sellando en nuestra mente a lo largo de la vida, los cuales usamos para manejarnos. Ejemplos como éste nos hablan de un riesgo no siempre tenido en cuenta: cuando el diagnóstico se convierte en un estigma, en un modo de identificarse, con las consecuencias que eso acarrea.

Las etiquetas son necesarias y útiles. A la fuerza de la gravedad y al movimiento de traslación o rotación planetaria hubo que ponerle nombre para que físicos y astrónomos siguieran teorizando e investigando sobre estos temas. La etiqueta psiquiátrica o psicológica también es muy útil para que los profesionales nos entendamos y no nos volvamos locos cuando nos coordinamos o compartimos nuestros conocimientos. Sin embargo, debemos ser cautos, para no emponzoñar más, para no cargar al que viene a buscar ayuda con mochilas de las que luego no es tan fácil desprenderse. 

¿Donde está el límite?, ¿cuándo esto es patológico y aquello es normal?  Resulta que cada cierto tiempo los sistemas de clasificación de trastornos o patologías mentales se revisan, por lo tanto, los criterios diagnósticos van cambiando a lo largo de los años. Lo que hace unos años era normal ahora puede ser patológico o viceversa. Yo, como psicóloga, no tengo más remedio que fiarme de estas "comisiones de sabios" donde se decide qué criterios son los que debo manejar en mi profesión. Pero una persona que no se dedique a esto podría plantearse con toda legitimidad la siguiente pregunta: ¿son estos señores, con sus opiniones cambiantes, los que deben decidir si yo tengo o no tengo una patología?

Como veis, animo explícitamente a rebelarse contra las etiquetas diagnósticas, aún sabiendo que algunos colegas psicólogos y, con toda seguridad, muchos psiquiatras se me podrían echar encima. Estoy convencida de que para que una persona se sienta plenamente responsable de su propio cambio, es necesario que quede libre de estigmas que, en muchos casos, frenan su evolución. Lo saludable es que el límite de lo que es patológico lo ponga uno mismo.

Todos nuestros rasgos de personalidad y, si se quiere, nuestros síntomas, se mueven en un continuo. No existe límite ni línea divisoria. Además, todo lo que nos daña en unos contextos nos puede servir en otros. Las etiquetas diagnósticas solamente describen mi estado del momento y no dejan de ser un artificio que consiste en numerar una serie de síntomas y su intensidad, para hacerlos cuadrar con unos baremos que, por otro lado, van cambiando con los años.









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